Que el lenguaje no cumple simplemente una función descriptiva de la realidad existente, sino que es capaz de crear realidades a partir de los modos de ordenamiento con los cuales la articula, constituye una afirmación más o menos conocida. Lo que es más trabajoso, tal vez, es darse cuenta de qué manera, en razón de que estamos inmersos en esa realidad misma, esas formas de expresión se van apoderando de nosotros hasta constituirnos en agentes discursivos de las propuestas ideológicas que las sostienen.
En el medio de apasionados debates en el Consejo de Redacción construyendo este dossier llegamos a un punto crucial. Las máscaras del sometimiento en los psicoanalistas. Los ideales de época siempre están presentes en el psicoanálisis, verdad que parece evanescerse en estos tiempos. El intento de hacer desaparecer la ideología de los analistas como categoría de investigación tiene como consecuencia ocultar su existencia. Suponer que no tenemos ideología es simplemente quedar sometido a la ideología dominante que nos convence de que ésta no existe.
No es fácil hacer una breve reseña para aludir a una obra tan vasta y rica como la de Ferenczi.[1] A pesar de haber sido uno de los mejores clínicos de nuestra ciencia, su influencia no es del todo reconocida y su nombre sigue siendo soslayado, a veces por ignorancia y en demasiadas ocasiones porque sus ideas son citadas como si fueran de otros. Asimismo, el no leer su obra -como la de otros psicoanalistas "olvidados"- es característico del dogmatismo que reina en nuestra ciencia. La Argentina, un país arrasado por ideas y movimientos políticos totalitarios, ha sido caldo de cultivo más que oportuno para las que he bautizado de "invasiones inglesas" e "invasiones francesas".[2] Pero, a pesar de todo, se le reconozca o no, es innegable que Ferenczi ha dejado una impronta en la teoría y en la práctica psicoanalítica en general y también en la referida al trabajo con los niños. Pionero entre pioneros, como lo bautiza Sándor Lorand[3], Ferenczi fue para muchos de sus colegas un enfant terrible[4]. Freud, que reconocía su talento y su aguda mirada clínica, alguna vez lo llamó "mi hijo querido".
Publicado en Clepios, una revista de residentes de Salud Mental Número 23, marzo 2001.
Un columnista “políticamente correcto” no disiente con la línea editorial. No es éste el caso, ya que por sobre todo lo importante es el desarrollo de las ideas. Tomaré el último editorial para ejercer una crítica, no sobre los contenidos, sino sobre la forma de trabajo, porque esa metodología particular se encuentra en muchos otros artículos.
Al pensar en este dossier se nos impuso la tarea de situar las pasiones para el psicoanálisis. Qué lugar ocupan, tanto en la clínica psicoanalítica como en la actualidad de nuestra sociedad. Qué destinos particular tienen hoy las pasiones.
Para ello convocamos a tres psicoanalistas de diferentes líneas para que respondan las tres preguntas que consideramos fundamentales.
Decía Freud que para el buen desarrollo de un tratamiento los terapeutas debíamos contar con la “expectativa esperanzada” de los pacientes, sin la cual las mejores medidas se tornaban ineficaces. Años después el psicoanálisis precisó los términos, y la esperanza pasó a formar parte de la transferencia positiva.
En esta serie de artículos discutiré la historia del psicoanálisis en Estados Unidos, concentrándome particularmente en los conflictos entre una visión amplia del psicoanálisis como teoría de liberación y una perspectiva más restringida del psicoanálisis como praxis clínica. Creo que mi propia perspectiva política se revelará fácilmente.
Un siglo después –tolerado ya por la comunidad científica, arrinconado durante períodos autoritarios, asimilado por la psiquiatría universitaria, relegado cíclicamente por recursos “verdaderamente” eficaces, ramificado de divergencias–, la pregunta ¿qué es el psicoanálisis? sigue en pie, pendiente de respuesta aun para los mismos psicoanalistas enfrascados en más urgentes discusiones proselitistas.
“Anoche soñé con una esfera gélida. Yo estaba dentro, encerrada en esa cápsula de hielo. Mi mejilla apoyada en el hielo. Entonces, aparecía un rayo de luz. Un haz tibio y fulgurante. Yo quería alcanzarlo y no podía. Me esforzaba por atraparlo, me desesperaba intentándolo, y no lo lograba.”
En el magnífico anfiteatro de la Sorbona y durante cuatro intensos días se reunieron los “Estados Generales del Psicoanálisis” . Una convocatoria a discutir el provenir del psicoanálisis. Los analistas fueron citados mas allá de sus pertenencias institucionales o mas allá de que no pertenecieran a ninguna institución. ¿ La institución psicoanalítica hace obstáculo a pensar el futuro del psicoanálisis?
No nos esforzamos en nada, ni queremos, apetecemoso deseamos cosa alguna porque la juzguemos buena; sino que, por el contrario, juzgamos que una cosa esbuena porque nos esforzamos hacia ella, la queremos, apetecemos y deseamos.
Una viñeta para empezar a pensar
Juan tiene 36 años y es un desocupado más en la Argentina de estos días. Desde los 20 años fue realizando distintos trabajos en empresas medianas y grandes, en trabajos administrativos, en lo que denominaría una segunda línea de gerenciamiento. Puestos de jefatura o coordinación, con una jerarquía media que le permitía vivir en un nivel de clase media “restringida”. No ha finalizado estudios universitarios, cada tanto los retoma y avanza. Está casado, tiene dos hijos, su mujer trabaja en puestos más o menos similares a los que él tenía, pero con una mayor estabilidad.
Si el psicoanálisis mantiene su vigencia en la sociedad actual, es por haber logrado establecer un sitio, un baluarte donde las ansiedades propias de la condición humana pueden expresarse, allí rige la más absoluta libertad de palabra.
La soledad, el desamor, el miedo a la muerte, la incompletud, encuentran en el diálogo psicoanalítico un espacio para decirse y elaborarse.
Es una idea compartida entre las diversas corrientes psicoanalíticas que la interpretación es su instrumento específico. Desde que Freud definió que los sueños, los síntomas, los actos fallidos o los chistes encierran sentidos, hallarlos se convirtió en meta. La propuesta introduce un corte radical: no se trata de hallar la causa sino el sentido. Si ante el despliegue iracundo de un paciente un analista señalara la posible relación de esa rabia con conflictos con la madre, se referiría a la causa.
*(Al pie): Este artículo es la versión ampliada y corregida de la intervención en la mesa redonda que, con la coordinación de Mirta Segoviano, se realizó en la Asociación Argentina de Psicología y Psicoterapia de Grupo. Fue publicado en Topía revista N° 28/ mayo de 2000.
Posiblemente lo más inquietante del sentimiento de pasaje de este siglo al próximo consiste en saber que quienes fuimos parte del siglo XX, y nos consideramos los más avanzados de este milenio, seremos, inevitablemente, la antigüedad del próximo. Por eso mi mayor aspiración consiste en que este pasaje se produzca, mínimamente, en condiciones de honestidad tal que permitan llevar aquello que consideramos más fecundo para los tiempos futuros.
“Me doy cuenta que siempre supe lo que acabo de saber”, es una expresión que en psicoanálisis alude a cómo un acontecido saber ha quebrado el suceder de la desmemoria. En el orden individual esto supone el atravesamiento de algún núcleo patógeno promotor de resistencia. Algo equivalente puede darse en una comunidad cuando ceden las condiciones intimidatorias frente a las cuales un individuo, o muchos, pretenden refugiarse en la renegación (negar y negar que se niega).
“El futuro está en nuestro pasado”. Traducción aproximada del viejo póster familiar impuesto en una de las paredes de la habitación de mi infancia. La imagen era extraña: una vieja vasija de barro, algo dañada. En su interior veía a través de rajaduras y partes faltantes, un recipiente de vidrio con un líquido azulado intenso y moderno tan atrayente como misterioso, se fue quedando en el mismo lugar, rodeándose luego de novedades adolescentes efímeras. Vivió el mismo tiempo que yo en ese lugar. Nunca supe el por qué de su permanencia y menos su destino. Hasta hoy.
Encasillados en el sistema decimal, la inminencia del próximo milenio nos urge a imaginar cómo entraremos en él, qué puede ser lo que se viene. En estas circunstancias, Topía me ha solicitado alguna reflexión acerca del mal con el que habremos de ingresar al año que cambia los cuatro dígitos. Intentaré examinar algunas invariantes que desde siglos nos inquietan, para intentar una apuesta prospectiva.
Carla Delladonna (compiladora), Rocío Uceda (compiladora), Paulina Bais, María Sol Berti, Susana Di Pato, Marta Fernández Boccardo, Romina Gangemi, Maiara García Dalurzo, Bárbara Mariscotti, Agustín Micheletti, María Laura Peretti, Malena Robledo, Georgina Ruso Sierra